viernes, 24 de abril de 2009

Relato de hotel

Introducción

Éste es el primer relato sin ninguna relación con ninguna experiencia vivida que publico en mi blog. El resto de los relatos que hasta ahora he publicado, tienen, en mayor o menor porcentaje, un cierto grado de testimonio autobiográfico que asegura una cierta relación entre realidad y ficción. Lo comencé a relatar para una chica de Sevilla que quería combinar spanking con sexo forzado, pero que al final no quiso vivir la experiencia. Lo dejé en aquel momento inacabado; y, ahora con más tiempo, he decidido finalizarlo para disfrute de todos los lectores de mi blog a los que les pueda excitar. Espero que os guste.

Relato de hotel I

La llegada

Os habéis escrito por correo electrónico. Un fin de semana él se acerca a Sevilla. Te ha avisado previamente por móvil sin decirte ni a que hora te llamaré ni el día del fin de semana que lo hará (tal vez el propio viernes por la noche cuando llegue en el AVE, tal vez el sábado por la mañana o por la tarde, o el domingo a primera hora). Simplemente te ha ordenado que tengas el móvil encendido y que estés dispuesta a acudir al hotel que él te diga en cuanto te lo ordene.

De repente suena el teléfono, es él. Te ordena que acudas al Barceló Descubrimiento y que le llames cuando estés en la recepción. Previamente te ha exigido que le relates qué ropa tienes en tu armario disponible. Cuando lo has hecho, te dice cómo tienes que acudir vestida, eligiendo una falda de tubo gris y una blusa blanca, y un conjunto de braguitas de algodón no tanga y sujetador a juego.

Llegas a la recepción del hotel, la conserje que está en la recepción te mira sospechando algo, hasta es posible que te hayas encontrado en el hall con algún conocido del barrio de Nervión o de la zona donde trabajas. Los saludas con cierta vergüenza, poniéndote algo colorada.

Relato de hotel II

La habitación

Le llamas desde el hall, te dice el número de habitación y te da ordena que llegues en tres minutos. “¡Imposible!”, piensas para ti, el hotel es tras grande que en tres minutos no llegaré. Te apresuras, casi corres, “¡no me da tiempo seguro!”, piensas mientras te excitas solo de pensar que él te ha dado esa orden sabiendo que no vas a poder cumplirla.

Te acercas temblando a la puerta de su habitación que encuentras entreabierta. Tocas despacito con los nudillos en la puerta y él te ordena entrar y cerrar tras de ti. Te acercas hasta la cama doble. Antes de llegar a la habitación en si, has pasado junto a la puerta entornada del baño; notas algo, intuyes una presencia, pero sigues adelante.

Relato de hotel III

La resistencia

De repente, cuando estás ya al lado de la televisión, él sale del cuarto de baño rápidamente. No lo ves acercarse por detrás. No te da tiempo a reaccionar. Te tapa la boca, te arroja sobre la cama. No hablas, ¡no te engañes!, no hablas no por el pánico sino porque te lo impide el deseo, que vas notando en tu sexo a través de la humedad de tus braguitas. Te resistes, él te da la vuelta y te da un par de azotes en tu culo, por encima de la falda. Te vuelve a voltear y te ata las manos a la espalda. ¿Con que me ha atado cuando terminó de azotarme, te preguntas?, la sensación de la fina cuerda de cáñamo en la piel de tus muñecas responde a tu pregunta. Lo último que ves son sus manos colocándote un antifaz en tus ojos. La oscuridad no es total y logras ver algo por la parte de abajo del mismo. No te lo ha colocado del todo bien y las rendijas de abajo te dejan entrever su sombra y sus movimientos, pero no todos los pasos que da, ni tampoco toda la luz. En ese momento te das cuenta de que él lo colocó mal a propósito, para que tu excitación fuese mayor.

Te desabrocha la blusa. Te mueves, intentas escabullirte. Él te vuelve a voltear, te levanta la falda y te vuelve a dar un par de azotes en tu culo, esta vez más fuertes, sobre tus braguitas. En esa ocasión tú, boca abajo sobre la cama, sientes que después de los cachetes vendrá algo más, dos dedos de su mano rozan delicadamente el algodón de tus bragas tratando de hallar el punto adecuado; cuando lo han logrado, los dos dedos presionan con fuerza en el lugar y logran que alcances el primer orgasmo.

Te vuelve a colocar boca arriba. Tu blusa desabrochada, la falda remangada sobre tu cintura, estás ante él en ropa interior. ¡Nooo!, exclamas con tu mirada, aunque sabes que el antifaz impide que él vea esa expresión de tu mirada. Demasiado tarde para emitir una queja; sin darte cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, te ha despojado de las bragas de un tirón sin romperlas. Crees que ese es el momento de decir algo; tal vez un agradecimiento por haber sido delicado y que no tengas que comprar otras bragas nuevas porque no te las haya arrancado de cuajo, o una queja por haber sido tan bruto. Da igual, él ha adivinado tu intención y te coloca un pañuelo entre tus dientes que te deja respirar pero te impide hablar. “Hablar o chillar sí me lo impide, lanzar gruñiditos no”, piensas al tiempo que lanzas el primer gruñidito cuando él te vuelve a abrir bruscamente las piernas; y el segundo cuando sus dedos ya no encuentran ningún impedimento en explorar tu coño, que a esas alturas ya está absolutamente empapado. Él no dice nada. Tú hubieses deseado que él te hubiese dicho algo obsceno para excitarte más, como “niña mala, todavía no hemos casi empezado y ya estás empapada, so zorrita”. Él, sin embargo, prefiero el silencio que todavía logra que te excites más al pensar que podría ser él u otra persona. Sabes que es él, estás segura.

Inconscientemente, casi sin desearlo, y a pesar de alcanzar el segundo orgasmo, sientes que tu deber es tratar de no ponérselo fácil y lanzas unas pataditas en el aire. Le enfadas, y esta vez coge la silla del hotel y la coloca en el medio de la habitación. Te levanta, deshace el nudo de las muñecas atadas por detrás y lo vuelve a hacer poniendo tus muñecas por delante de tu cuerpo. Todavía de pié te abraza contra él dándote un beso en el cuello al tiempo que susurra en tu oído “ahora verás lo que pasa por dar patadas y no estarte quietecita”. Se sienta en la silla, te coloca sobre sus rodillas y, en ese momento, cuando su mano descarga una buena tunda de azotes sobre tus nalgas ya sonrojadas, comienzas a entender el significado de las palabras que te susurró con antelación. La piel de tus glúteos arde, pero traspasa las terminaciones nerviosas de dichos músculos para acercarse a tu pubis en forma de excitación. Él intuye cuando llega ese ardor y detiene la azotaína. Pasa solo un par de segundos desde que el último azote de su mano, cuando de nuevo sus dedos de deslizan entre tus piernas hasta que la yema de su índice masajea tu clítoris llevándote a perder la noción del tiempo por tercera vez.

Relato de hotel IV

El sujetador

Te levanta, repite la operación con las cuerdas de tus muñecas hasta que quedas atada en la posición inicial, tus brazos por detrás de tu espalda.

Vuelve a tumbarte boca arriba. Se aleja de ti, y de su maleta extrae algo que tú no logras ver a través de las rendijas del antifaz. Se acerca, una expresión de pánico en tus ojos, de terror denota lo que piensas cuando intuyes por el sonido que el previamente ha provocado como si cortara el aire, que lo que ha sacado ha sido unas tijeras, y que se acerca con ellas en su mano derecha. “¿Me habré equivocado con este tío?, ¿estará loco y me herirá o me matará?”, piensas. Su caricia te tranquiliza rápidamente, alejando de ti esos pensamientos. Pero, entonces, ¿para que querrá esas tijeras?. Es demasiado tarde. Te das de lo que va a hacer con ellas cuando con su otra mano agarra la junta delantera de tu sujetador y tira un poco hacia él alejándolo un centímetro de tu cuerpo. En ese momento, los pensamientos de terror y de duda se convierten en rabia, ¡será cabrón!, ¡ya podría haberlo hecho con las bragas y no con el sujetador!, ¡este tío no se da cuenta de que con el dinero que necesito para comprarme otro sujetador me podría comprar tres braguitas!, piensas mientras ya las tijeras se han metido entre las dos copas y han cortado la cinta elástica que las une haciéndolas saltar hacia los lados, y disparando tus senos al aire.

Vuelves a lanzar unas pataditas al aire en señal de protesta por el sujetador roto y también por la incomodidad que te produce el peso de tu cuerpo sobre tus brazos a pesar de estar de lado. Pero a él ese gesto ya no le enfada; y, en lugar de unos azotes, él se pone a masajear tus senos con sus manos casi amasándolos, pero sin hacerte daño. Se tira unos minutos amasando tus pechos, y parando en las aureolas de tus pezones que se dedica a acariciar con dos de sus dedos previamente mojados con su saliva. ¡Cabrón!, piensas mientras emites un gemido cuando con esos mismos dedos de las dos manos aprieta tus dos pezones, esta vez provocándote un poco de dolor, pero sin llegar a ser extremo.

Aunque él ya se había dado cuenta de la incomodidad de la postura en la que te había puesto, conscientemente había preferido mantenerla mientras te masajeaba las tetas, te apretaba tus pezones y te metía mano en tu sexo empapado.

Sin embargo él se detiene, te voltea y quedas boca abajo. Te deja unos minutos así para que te dé tiempo a pensar en lo que vendrá luego. Al rato vuelve, han sido pocos minutos, pero te han parecido una eternidad. Baja la cremallera de tu falda y te la quita de un tirón. “Al menos no la ha hecho añicos”, piensas sin emitir ni un gemido esta vez. Quedas desnuda de cintura para abajo, sólo con tus medias por encima de las rodillas, la blusa abierta y el sujetador roto por delante. “Si ya me tiene desnuda, para lo que queda por quitar, y con el calor que tengo, podría este tío quitarme la blusa y el resto del sujetador”, piensas de nuevo. Te das cuenta de que él adivina tus pensamientos, pero no quiere consentirte que cumplas tus deseos y te deja así, humillada con los restos del sujetador y tu cuerpo expuesto a lo que él quiera hacerte. De repente notas el sonido de su cinturón de cuero saliendo de sus hebillas. Cuando sientes restallar el sonido de su cinturón, y que el cuero quema la piel de tus nalgas con un par de azotes no muy fuertes, casi dejándolo caer. Te das cuenta de que lo ha hecho para castigar tus pensamientos en los que querías dirigir tú la situación, ya que los ha adivinado.

De repente decide que es el momento de ponerte en una postura más cómoda. Te quita la cuerda de las muñecas. Te coloca boca arriba y “¿de dónde ha sacado este tío las ataduras?”… Te has dado cuenta de que está utilizando unas esposas acopladas a cuatro cintas que se colocan en las cuatro patas de la cama, dos de las esposas de velcro te las ha colocado rápidamente en tus manos y otras dos en tus tobillos, impidiendo todos tus movimientos pero si agobiarte ni hacerte daño. Habías oído hablar de este tipo de esposas, que él previamente había escondido debajo de la cama para que no las vieses, pero nunca habías sido atada con ellas en tus experiencias anteriores.

“¡Que sádico mental!”, piensas mientras notas como te coloca a propósito el antifaz bien esta vez para que no puedas ver lo que va a hacer ahora. Tú, expuesta a él con tu cuerpo desnudo y con tu sexo abierto a tus caprichos, intuyes lo que va a venir. Comienza a besarte por ambos lados del cuello y los lóbulos de tus orejas. Está así unos minutos para proseguir con tus senos, donde se toma su tiempo para rodear con su lengua tus pezones una y varias veces. De repente, cuando notas que tus aureolas ya están bien sensibles y las intuyes sonrojadas y notas que tus pezones ya están disparados queriendo salirse de ellas, das un gruñido de dolor, esta vez un poco más intenso. “¡Aaahhh!, ¡cabronazo!, ¡sádico!, ¡esta vez te has pasado!”, piensas al saber que te ha mordido tus pezones. Cuando tu siguiente pensamiento es que no vas a volver a quedar con él por lo bruto que ha sido, vuelve a besar con delicadeza tus pezones y a lamerlos suavemente con su lengua, de tal forma que el placer acalla tu mente. Se tira así un buen rato y para de repente dándote un beso en la boca.

La segunda frase que sale de su boca en el encuentro, te provoca pánico y deseo a la vez. “Rocío, por primera vez vas a sentir como el dolor duplica la sensación de placer”, vuelve a susurrar por segunda vez en la sesión. “¡Aaahhhh!, ¡quema un poco!”, piensas cuando notas que te ha colocado en los pezones una pinzas regulables casi sin apretarlas. A los pocos segundos te acostumbras al escozor. Es ese justo el momento en el que sientes su lengua en tu sexo. Ha comenzado suave, por los lados, por la ingle, debajo del ombligo, hasta que ya se centra en tu raja, donde se tira sus buenos 10 minutos hasta que no puedes más, el escozor de las pinzas y su lengua lamiendo tu clítoris te han producido una sensación desconocida antes para ti, y te retuerces con un tremendo orgasmo que hace que casi te desmayes. Los músculos de todo tu cuerpo, especialmente los de tus piernas, que han estado en tensión durante esos 10 minutos, se han quedado sueltos y relajados. Él lo sabe y se hecha en la cama junto a tu lado, besándote. Es un truco para que te confíes, para romper el ritmo del sexo forzado que tú has deseado. Hubieses preferido una violación consentida en toda regla, algo que ya has experimentado, pero que siempre te gusta, y que es por lo que habíais conectado a través de Alt.com. Pero si hubiese sido así, te hubieses salido con la tuya y no sería distinta de las veces anteriores con otros.

De repente, decide que ya es el momento de violarte, de forzarte todos tus agujeros. Te desata de las cintas; te quita, esta vez sí, la blusa y los restos del sujetador y te vuelve a atar tus manos detrás de la espalda, ya los dos de pié, con la misma cuerda que al principio. La tercera frase que sale de su boca es “abre bien las piernas”. Notas sus dedos untados con un lubrificante, pero “¡aaahhhh!, a este tío le había dicho que por culo no, ¿qué me va a hacer?”, piensas cuando también te lubrifica el ano. Recuerdas que pusiste la condición de que no hubiese sexo anal porque, cuando viste la foto de su miembro que le pediste, aunque no fuese muy largo, tenía un glande muy gordo. En ese momento percibiste que era la única condición que él no iba a cumplir, pero no podías hacer nada, nada más que decidir al final no volver a verlo. Tu imaginación, sin embargo, daba vueltas a la cabeza y tenías pánico, pero también deseo, de experimentar el dolor de aquel glande abriéndose paso por tu agujerito estrecho. Cuando ya te había lubrificado bien los dos agujeros, sentiste que por tu sexo entraba un artilugio, una especie de artilugio más grande que un tampax, una especie de huevo. Después, tu otro agujerito, fue invadido por un plug anal muy fino, pero que te produjo un poquito de dolor al entrar. En cierto modo, en tu mente, le agradeciste que te lo hubiese colocado, ya que por lo menos dilataba un poco tu estrecho agujero para prepararlo para lo que sabías que tarde o temprano llegaría, ese glande gordo rompiendo tu culo.

Relato de hotel V

La felación

Ha puesto un cojín sobre el suelo delante de la cama, y presiona con sus brazos tus hombros obligándote a ponerte de rodillas ante él. Cuando estás así, sientes que el artilugio que te había puesto en tu sexo se activa y comienza a vibrar con distinta intensidad. Previamente habías notado que, cuando se echó a descansar a tu lado en la cama él se había quedado desnudo, probablemente en calconcillos aunque no lo veías. Por eso, ahora, tú humillada ante él, jadeando por la incomodidad y el deseo, presientes lo que va a venir. Te quita el pañuelo que te había puesto en la boca, y con una mano te agarra del pelo y atrae tu cabeza hacía su miembro erecto que ya sientes en tu garganta. Te da una pequeña arcada por la rapidez y la sorpresa, pero en seguida sabes cómo acompasar el ritmo de tu respiración a la garganta profunda que te está haciendo realizar. Atrae y separa tu cabeza hacía su miembro dentro de tu boca. Cuando la atrae mantiene unos segundos hacía él tu cabeza como queriendo que su miembro entré todavía más en tu garganta. Para unos segundos y saca su miembro de tu boca, diciéndote “ahora con la lengua en mis cojones y en el escroto”. Tú pasas la lengua como si estuvieses degustando un rico helado por las zonas que él te ha ordenado. Lo haces lentamente, ves que le excita. Vuelve a tomar tu cabeza, mete su miembro, y comienza de nuevo el movimiento del principio. Repite varias veces la operación de sacarla y obligarte a lamerle el escroto y volver a meterla en tu boca. Se tira así unos cuantos minutos, tal vez cuarto de hora aunque tú no lo sabes con exactitud. Aunque ya le notas muy excitado, no sabes tampoco cuando va a parar para pasar a hacer lo que tú deseas, follarte, ni sabes si realmente va a hacer eso. “Espero que no se corra en mi boca porque si no, no va a recuperarse para follarme. Claro que, por otra parte, así evitaré que me penetre mi otro agujerito; porque para tres seguidos, seguro que no le da”. Él ha adivinado tus pensamientos, y te susurra “no te preocupes, guapa, tenemos todo el tiempo del mundo, ¿o es que crees que te voy a permitir irte cuando quieras?, espero que hayas dicho en casa que no vas a dormir y que no hayas quedado con nadie después por la noche”. Sus palabras te hacen estremecer, tú habías pactado con él que fuese un encuentro largo, pero que no se prolongara más de tres o cuatro horas. No habías quedado con nadie por la noche, pero no le habías dicho a tus padres que no ibas a ir a dormir. Intentas expresar esos pensamientos mediante un gruñido que sale muy leve de tu garganta ya que es acallado por el ritmo de su miembro entrando y saliendo de la misma. De repente, él incrementar el ritmo al tiempo que comienza a aumentar su respiración y unos gemidos salen de su boca. Piensas “se va a correr en mi boca”. Tarde, en el momento en que estás pensando eso, su semen inunda tu boca. Es un sabor al que estás acostumbrada y te gusta, pero que prefieres dejar para ocasiones posteriores y nunca para un primer encuentro. Te falta el resuello e intentas apartar su miembro de tu boca para respirar y descansar. Su nueva frase te deja helada, “como se te caiga una gota de tu boca, cojo el cinturón y no voy a ser tan suave como antes”. Piensas “noto dos gotitas en mi barbilla de cuando intenté sacar su polla, y espero que no se dé cuenta de las mismas y en todo caso me lo dijo cuando ya se me habían resbalado”. Piensas esto al tiempo que sigues chupándosela hasta que notas que se encoje y el mismo la retira de tu boca.

Se va, se aleja hacia el cuarto de baño dejándote de rodillas sin decirte nada. Antes de irte, te ha vuelto a colocar el pañuelo en tu boca, y sientes que cuando lo hace el pañuelo se impregna de las dos gotitas que habían resbalado por tu barbilla. Vuelve del cuarto de baño, pero no te levanta ni te dice algo. Te deja en silencio y a oscuras al apagar también la luz principal de la habitación. Aunque notas que ha encendido una luz de la mesilla, prácticamente la oscuridad es total. Te duelen las rodillas, te sientes humillada por el sabor de los restos de su semen en tu boca y porque te haya dejado a oscuras, te escuecen los pezones por las pinzas, te molesta el plug en tu ano, y sientes un cierto placer y cosquillas en tu coño por la vibración del huevo. Todo esto junto hace que no puedas más y te dejes caer de lado en el parqué convulsionándote por el gran orgasmo que acabas de alcanzar.

Deja pasar unos 10 minutos, y de repente sientes un poco mas de luz. Ha vuelto a encender la luz principal. Se acerca, te inclina hacia sus pies por lo que tu culo queda en pompa; y, mientras te obliga a besárselos, descarga tres o cuatro cinturonzazos sobre tu culo, un poco más fuertes que los primeros, pero sin llegar a ser tan fuertes como sonaban en su amenaza. “Aunque dejaste caer parte de mi leche antes de que te lo advirtiese, deberías de haberlo evitado por tu propia voluntad. Por eso, para castigarte, te he mantenido de rodillas un buen rato. Sin embargo, tú te has permitido tener un orgasmo y dejarte caer de lado; por eso te acabo de azotar con el cinturón”. No te ha gustado ni sus frases ni el escozor que sientes sobre tus nalgas; no era eso lo que esperabas de la sesión, y crees que no debías de haber quedado con él. Comienzas a expresarlo con varios gruñidos de queja y movimientos para tratar de soltarte las cuerdas de tus manos; ya harta de la postura, de las pinzas, de los aparatitos en tu interior y de los azotes.

Le da igual. Adivina tus intenciones y te levanta del suelo. Te da un beso en la frente y te abraza. Vuelve a ser un truco para que tú creas que lo ha entendido y que va a ser más bueno contigo. Solamente te das cuenta de ello al notar que su miembro se ha puesto erecto de nuevo.